Cultura financiera y futuro

Frente a la idea generalizada de que, a la hora de invertir en productos financieros, lo lógico es buscar a aquellos que basan su estrategia en seleccionar buenos activos, hay que tener en cuenta que, en un entorno como el actual, lo idóneo es buscar estrategias que se basen en apostar a favor del desplome de un valor o del mercado en general.

Así trabajan los profesionales y así deberíamos trabajar todos los que nos consideramos inversores. Sin embargo, existe una estigmatización creciente sobre estas prácticas denominadas especulativas. Parece que, moralmente, aprovecharse de la desgracia de alguien no está bien visto. Pero quizás debería apartarse ese pensamiento inocente , que es al fin y al cabo lo que a la industria financiera le interesa, ya que esta no tiene en cuenta las consideraciones morales y pone las redes siempre en el momento y lugar adecuado.

Realmente, poco tiene que ver la bolsa con la economía real. A los grandes inversores les importa muy poco que su cartera varíe un 40% a lo largo del año. Cuando las empresas van a bolsa van a captar capital para hacer más negocio, para tener más liquidez y no hay por qué sentir remordimientos al entrar en su propio juego.

Lo primero que hay que tener claro es que, para garantizar esta liquidez, los movimientos de las acciones están orquestados o, mejor dicho, custodiados por empresas o gestores especializados: los llamados “cuidadores de las acciones” (de los que no se habla demasiado pero cuya existencia es incuestionable). Su papel está claro: asegurar la sana fluctuación de un valor con sus ciclos de acumulación y distribución para que la liquidez quede garantizada en las compañías correspondientes. Una labor indispensable para que todo funcione correctamente en el mercado secundario de capitales.

Por ello, lo natural es que haya altos y bajos –incluso desplomes seguidos de euforias– y que las carteras de los que se mantienen a flote se construyan con la inversión en productos especializados, como contratos de futuros y CFD. Esto ha hecho que algunos fondos ganen mucho dinero con el desplome del precio de algunos activos.

Las entidades financieras tradicionales intentan siempre colocar los productos de sus gestoras afines –si no las propias– al ciudadano de a pie, que en este país tiene una escasa cultura financiera. A esta práctica habitual la denominan asesoramiento pero en realidad es una venta. Es posible que con MiFID II (la Directiva sobre Mercados de Instrumentos Financieros) estas situaciones se aclaren por fin.

Esos productos suelen ser compradores en mayor o menor medida y solo se preocupan de hacer más y más suscripciones para acumular patrimonio (por lo que cobran un fijo por realizar una gestión bastante escasa –entre un 0,5 y un 2% anual–). La mayoría de los que se ofrecen se basan en mercados alcistas, de renta fija o variable, poco diversificados geográficamente y más o menos exóticos según la moda. Cuando se busca información al respecto y se pregunta qué subyacente tienen debajo, es decir, en función de qué fluctúa su valor en cada momento, las respuestas son (como mínimo) “un 80% en bonos europeos” o “mitad en renta fija y mitad en renta variable”.

Colocación de productos dudosos

Al investigar siempre se pueden encontrar sorpresas. El empleado bancario (que desconoce lo que está vendiendo) remite al cliente a concertar una cita con un asesor especializado (que casi no sabe quien es el cliente hasta el día que le conoce), cuyo único papel no es informar sino divagar sobre macroeconomía para que el cliente se vea apabullado por mucha información técnica que no entiende. Aprovechando esta confusión es más fácil para el comercial vender el producto al cliente. El pudor de este a manifestar ignorancia es uno de sus peores enemigos y eso los comerciales lo saben.

Dentro de estos productos afines y recomendados a los inversores más conservadores no suelen estar incluidos productos que inviertan “a corto” –que apuestan por una bajada de la bolsa–. La excusa es que son productos complejos y apalancados, y lo son si no se explica correctamente cómo funcionan. La gente no suele arriesgarse y prefiere antes algo malo conocido que algo más profesional y complejo pero que desconoce. De todos modos, el beneficio que se genera vendiendo precisamente en un mercado bajista es que se obtiene en un tiempo mucho menor (la relación es de 1 a 4) que si hiciéramos el mismo recorrido pero a la inversa.

Ahorradores conservadores

Según se señala en IV Barómetro del Ahorro del Observatorio Inverco, “el perfil del ahorrador particular en España es principalmente conservador (62%) y los productos que afirma conocer mejor son los depósitos y los planes de pensiones”. Esto se entiende, ya que son los productos más conocidos y publicitados. Estos productos no suele jugar con mercados bajistas, es decir, en los que se ha podido ganar dinero durante los últimos 6 meses.

El miedo a lo desconocido, esta tendencia al conservadurismo (perder lo menos posible) se ha hecho aliado de una  política comercial manipuladora y, como ha ido acentuándose desde que comenzó la crisis, cada día los clientes son más fáciles de dirigir y orientar según los intereses de las entidades. Pensemos que cualquier ahorrador tendría que tener al menos dos motivos claros para ahorrar:contar con efectivo frente a imprevistos  (liquidez) y complementar la jubilación (ahorro y revalorización mínimo IPC). Tanto los depósitos como los planes de pensiones basan, en su mayoría, su naturaleza en el desarrollo alcista de los mercados secundarios o de la compra de otros fondos que nos gravan tanto la liquidez como la revalorización necesaria.

A lo más que se puede aspirar la mayoría de las veces es a un producto que bata el índice de referencia que se elija (es decir, que funcione mejor que nuestro IBEX o el EUROSTOX50 o cualquier otro). Que el comportamiento sea mejor no quiere decir que sea positivo, pero sí le proporciona un argumento magnífico al comercial de turno.

Todo esto sin contar con el impacto de las comisiones de administración y custodia que, por el momento, siguen en letra pequeña, y la fiscalidad, que al final se vuelve en nuestra contra en el momento en el que necesitemos la liquidez.

Y es que el empleado de una entidad financiera tradicional trata de vender lo que le dicen que tiene que vender (los excedentes que han de sacar como sea del almacén) no lo que realmente le conviene a la economía del cliente. Por ello, si el cliente se deja manipular solo él es el responsable.

Escrito por: Teresa Romero
Presidenta de ANATTEA Gestión.